Andreína no se llevó las alas, pero sí al público

Hay noches en que una mujer se lleva las alas y otra se lleva el cariño y la simpatía del público. En Angels Among Us, Solange Omon fue revelada como el nuevo Ángel de Victoria’s Secret, mientras que la dominicana Andreína Martínez llegó a la final conquistando al público con alas propias.
Solange nació en Camerún, vive en Maine y es la mayor de seis hermanos. Estudia a tiempo completo y sueña mientras asume la responsabilidad de ser la hija mayor. Su triunfo le abre camino a los que vienen detrás.
Con Andreína nos pasó algo distinto. Su historia nos conmueve con la familiaridad que caracteriza al dominicano. Creció en Santiago de los Caballeros, donde cada domingo lo pasaba en casa de su abuela, rodeada de primos y con recursos limitados. En plena adolescencia y a los 13 años emigró a Estados Unidos con su padre y su hermano, mientras su madre se quedaba en República Dominicana. Cualquier familia migrante conoce el vacío que genera la separación de la familia. Su mayor sueño es comprarles una casa a los suyos para que su padre pueda retirarse. No competía solo por una corona, competía por ellos.
Como estratega de comunicación, tengo que reconocerle a la marca que convertir el casting en docuserie fue una gran decisión. El público se encariñó con las historias de las participantes; la marca mostró los procesos, el valor de la familia y los miedos de cada una, además de las pasarelas. Ese vínculo fortalece su identidad porque reconoce la vulnerabilidad de la mujer.
Aunque Andreína no ganó el título, desfiló en el Fashion Show 2026 y se llevó visibilidad, credibilidad y un público que ya la espera. Quedar entre tres finalistas de más de 100,000 aspirantes no es perder, es continuar volando con alas propias.
Aun así, hay algo que me incomoda. Para llegar hasta ahí, estas mujeres contaron ante millones de personas su historia familiar, la distancia, las carencias y los sueños, y esperaron a que el público decidiera cuánto valían. Aplaudimos su valentía. La misma marca que supo conectar con las emociones dejó pasar una oportunidad.
La compañía promueve de manera independiente el Fondo Mundial de Victoria’s Secret para el Cáncer en Mujeres en sus tiendas. Sin embargo, la pasarela principal de Los Ángeles mantuvo su enfoque tradicional en la moda, la música y el entretenimiento, y el bloque de cierre no se dedicó a esta causa. Con millones de personas frente a la pantalla, era el momento ideal para invitar a las mujeres al autocuidado y a los controles rutinarios que ayudan a prevenir el cáncer de mama.
Y justo estamos en octubre, mes de la concientización sobre esta enfermedad. Me pregunto qué pasaría si le diéramos esa misma atención a las historias que nadie graba. La de la mujer que posterga su mamografía porque no cuenta con los recursos para hacérsela o porque el Estado no ofrece ese estudio de forma gratuita. La que recorre horas para llegar a una consulta. La que recibe un diagnóstico de pie, en un pasillo, sin que nadie le explique qué viene después. Ninguna tiene docuserie ni un público que la aplauda, y todas merecen lo mismo que pedimos para las finalistas: ser vistas, escuchadas y acompañadas con empatía.
El storytelling funciona porque nos acerca a las personas. Usémoslo también para promover el autocuidado y exigir servicios de salud humanizados y de calidad, donde cada mujer sea tratada como alguien con nombre, familia y sueños, y no como un expediente. Detectar a tiempo, informar con claridad y acompañar con respeto también es una forma de dar alas.
¿Será que los certámenes de belleza muestran la vulnerabilidad de la mujer?
Fuente: Panorama



